No me va el humor escatológico. Pero me río. Eso de las defecaciones, flatulencias y meadas fuera de tiesto me dan vergüenza ajena, y hasta propia. Así que no me regodeo especialmente en este tipo de acontecimientos.

No negaré, como mi primera amiga de adolescencia, que algún viento se me escapa. Ni negaré que hago uso del excusado como todo bicho viviente; a veces como un reloj, otras veces a deshoras y atormentado. Pero ni lo cuento ni entro en detalles. Esto será una excepción, por lo hilarante y absurdo de mi última anécdota en culminación del proceso fisiológico de las aguas mayores.

La edad nos hace menos resistentes al apuro frente al detritus y toca aliviarse donde toca y como toca.

El otro día, en la previa a una reunión capital para dar las cuentas a los flamantes directivos de mi empresa. Bien pertrechado que iba, con un buen informe y mis mejores galas, pero quizá con nervios movedizos… El caso es que, por fortuna, encontré un buen lugar aseado donde recuperar la calma. Y que, por desgracia, encontré también a mis jefes al salir. Sí, que todos pasan por allí, pero que no agrada toparse con nadie a las puertas.

Saludas y se te quedan mirando. Sabes que algo no marcha bien y te pones en lo peor…¿Atufará… ? Falsa alarma.

Un alma bondadosa se tapa la boca para advertirte que te has olvidado de colocarte la mascarilla. Sonríes, y la buscas en los bolsillos del chaleco, y no la encuentras. Sonríes de nuevo, y la buscas en los bolsillos del pantalón, pero tampoco la encuentras. Ya no sonríes tanto, que la mascarilla, hoy, es el atuendo principal para cualquier reunión.

Vuelven los nervios y buscas y rebuscas… Y entonces, en un momento de lucidez, entiendes por fin donde está la mascarilla de los huevos.

Comprendes que la molestia que te perturba en la zona noble tiene su origen en un descuido al quitarte la protección y colocarla entre tus rodillas, y no en un fleco molesto del bolsillo o en una doblez inapropiada de la camisa.

La mascarilla está ahí, donde no debe.

Sonríes, pones cara de circunstancias frente al olvido y vuelves a entrar. Toca bajarse de nuevo los pantalones y, por fin, encontrar en tu calzones la mascarilla negra y de dos capas que habías estrenado aquella misma mañana.

Yo ya la llamo la mascarilla de los huevos. Y sonrío.

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