El cuento de la felicidad

Soplabas y soplabas.

Plena de entusiasmo y fuerza. Tumbada junto a mí en la cama, a poco de dormirme; eras una madre tan dulce que ni la más ingenua de las niñas te hubiera creído en tu papel de lobo malvado y feroz.

Soplabas y soplabas…

Y las hojas del cuento se movían amenazantes, como queriendo de verdad tumbar las casas de los cerditos y cerrar pronto y mal la historia. Pero era tu propia y delicada mano quien lo impedía, asiendo el libro para poder seguir adelante una vez recuperado el aliento.

Suspirabas…

Y el desasosiego se apoderaba de mí a cada una de tus frases teatralizadas, a cada giro inesperado y grave de tu voz, a cada nuevo capítulo en la que aquella bestia despiadada -pobrecito lobo- seguía los pasos de la niña camino de casa de la abuelita.

Y suspirabas…

Y yo me encogía. Y yo me apolleraba. Entonces, atenazado por el miedo, cerraba los ojos como no queriendo escuchar, me tapaba los oídos como no queriendo ver. Pero tú ¡ay! continuabas siempre y pese a todo adelante, dándome cobijo y enseñándome que así era el cuento y nada podría detenerlo hasta llegar al final.

Sonreías…

Satisfecha por leerme, al fin, que al lobo que se comió a los siete cabritillos la tripa se la abrieron para que pudieran salir, que, en los cuentos de la felicidad, a pesar de las tristezas, las penurias y las maldades, hay siempre un héroe o un impulso interior al auxilio del aparente perdedor.

Y casi reías…

Al descubrir que al tiempo que se me cerraban los ojos las comisuras de mis labios esbozaban el símbolo de la victoria. Una sonrisa de paz.
Tu beso, el de la despedida, era la certeza grabada piel con piel de que esa verdad existiría para siempre en mí, que sería capaz de resistir, de seguir adelante con mi propio cuento de la felicidad. Hasta el final.

El trasiego de la damajuana

El vino era entonces un desconocido, tan solo el trasiego de los siete litros de la garrafa que mi padre me mandaba a buscar.

El primer recado de las mañanas de domingo. Inaplazable, como la misa de las doce.

A mí me gustaba el quehacer porque del billete con que pagaba podía quedarme la vuelta; a mi padre le gustaba el vino.

Buen trato. Puro interés, mutuo.

La bodega del pueblo, la de arriba, me pareció siempre un surtidor de llenado de olor envolvente y peculiar, de cántaras gigantes e inagotables y con un suelo irrepetible de colores burdeos, como un rosetón que se agrandaba día tras día por el inevitable goteo.

La cuesta que debía subir era pica, pero con la garrafa vacía, en dos garradas me plantaba allí. De los primeros. Mi padre quería el vino nuevo pronto en casa, por estrenarlo como compañía de su revuelto de huevos con tomate del almuerzo. Decía que aquel era el matrimonio perfecto, y que lo repetiría de por vida, aunque lo cierto es que lo maridaba con todo lo demás. Para entonces ya había dado vuelta a la huerta tirando duro de azada y el apetito había abierto del todo. Lo que bebía, lo gastaba…

El vino preferido de mi padre era el ojo de gallo, un clarete, más tinto que claro, de aroma intenso, gusto ácido y precio ajustado. Lo sé porque en el camino de bajada, en algún descanso, no pude contener mi curiosidad. No tenía fuelle para empinar la garrafa, pero apoyada en un murete era solo cuestión de jugar con la inclinación. Mi padre podía estar tranquilo, los siete litros llegarían intactos a su destino. Otra cosa sería hoy…

El servicio se hacía a granel, que ya luego cada cual lo ponía en sus botellas. Pura economía circular. Siete litros clavados, uno por día, por no abusar. Y el domingo, vuelta otra vez con la garrafa.

El bodeguero no solía fallar, aunque a veces se despistaba de tanto hablar y perdía la mirada y la memoria del contador. Por eso, supongo, insistía tanto en que subiéramos con la garrafa de la medida que queríamos comprar. La nuestra era de diez, pero para siete, por eso me miraba mal. Una preciosa damajuana, como extrañamente la llamaba mi madre, forrada de mimbres y cañas, que se clavaban en la piel si te la apoyabas cuando perdías el pulso en los brazos.

En ese tiempo, otros muchos niños hacían el mismo encargo que yo, en un trasiego incesante de vino hacia todas las casas, provenientes de la bodega de arriba o la de abajo, que había dos, y pocas casas y muchas gentes en el pueblo.

Mi padre recibía aquella garrafa con una sonrisa y el embudo en la mano.

Tenía dispuestas sobre la mesa las siete botellas que rellenar. Su medida del día a día semanal, el alimento más especial, del que disfrutar y con el que agradecer su ayuda para masticar la vida.

Un día, aquella garrafa, aquella preciosa damajuana, dejó de trasegar. Y quienes les seguimos nos pasamos a las botellitas de vino fino celestial. El trasiego del vino tiene ahora otro sentido, más propio de estilosas damajuanas que de garrafas protegidas con esparto. Sin embargo, todos tenemos también un humilde ojo de gallo por el que mirar atrás.

Colonización española y enfermedades

La historia es pequeña, pero se cuenta grande, quizá para arrastrar, no sé, el caso es que la colonización española de lo que hoy es Latinoamérica es compleja y harta, como en todo lugar, me llamó el otro día la atención un poco de refilón por qué las enfermedades europeas calaron tanto en la población india y no a la inversa, la mayor densidad y una superior integración de los animales en la vida civil (los españoles llevaron cerdos y caballos, lo que implica mayor probabilidad de incorporar enfermedades ajenas) puede ser una de las causas.

Viruela, sarampión y peste bubónica fueron las más frecuentes, pero no se descarta la peste porcina también, a la inversa, la sífilis, por otros motivos.

La mermelada sentimental. Gregorio Luri

Interessante livro do Gregorio Luri onde se relata que na hora do aprendizado ou da escolha dos critérios educativos, provavelmente a sensibilidade proporciona um plus de legitimidade em relação à razão, isso se relaciona com o provável narcisismo da época atual. Além do mais, é mais importante a experiência que a conveniência, portanto, não é tão importante que seja bom e sim que seja inovador.  Provavelmente, também isto é devido a que está mais introjetado o sentido do direito do que do dever, é mais importante receber que dar, usufruir do que construir.  A beleza e a justiça eram categorias clássicas, hoje, é a inovação, e consequentemente, a quebra do passado  Aqui surge a possibilidade como um verdadeiro objetivo, mais do que do real, a utopia revestida sempre de sentimentalismo, a mermelada sentimental.  Finalmente, surge a ludoteca e um certo medo ao futuro.  

Te quedas conmigo

Tú tranquilo, hermano.
Ve adelante.
Que no te vas.
Yo te guardo, aquí.
Te quedas conmigo.
Que tengo en mí un lugar para ti.

Es una estela de estrellas.
La vía diáfana,
luminosa e interminable
que dejan tras de sí
en su travesía…
Creada por mí, para ti.
Para que estés aquí,
conmigo.

Así caminarás,
como te plazca,
seguro, fuerte, en paz.
Así serás, aquí.
No para siempre, pero siempre.
Parte de mí.
Te quedas conmigo.

No es solo por ti.
Que sé que estarás bien.
También es por mí.
Que sin querer,
diste ejemplo.
De vida.
Que sin querer,
dejas huella.
De bondad.
Por eso. Y porque te quiero
Te guardo.
Te necesito,
conmigo.

Tú sigue, ve adelante.
Pero yo, aquí, te tendré en mí.
Y seguiré tu estela.
Que me hará bien.
Tú tranquilo, hermano.
Te quedas conmigo.

José Antonio Sastre. Julio de 2021. Pamplona, España

El año del hambre

Aquel año pasé hambre.
Mucha hambre.
Por primera vez.
Solo. Sin ti, madre.
Sin nada que llevarme a la boca.
Muerto casi. De hambre.

Deambulé por las calles como por un jeroglífico. Azuzado por aquella música punzante salida del vientre, que me guiaba sin decirme a dónde.
Estaba lejos del refugio cochambroso donde me instalé cuando me perdí. También a ti.

Escapaba de la miseria en tu búsqueda, pero siempre me atrapaba mi debilidad. Siempre un paso por detrás que mis miserias.
Ese último día me detuve frente a la fábrica de harinas en la que tú trabajabas. La rodeé, atraído por unos aromas que en otro tiempo no percibí, tras la verja que me impedía saciarme.
Y caí, rendido.
Por el cansancio y la vergüenza.
Por el desamparo.
Por tu ausencia, madre.
Por el hambre.

Pensé en dejarme ir.
Me arrastré tras el muro del silo más grande.
Me postré. Bajé la mirada.
Derrotado ya.
Y entonces las vi.
Un ejército de hormigas en fila de a una. Inspiradas en su búsqueda por lo mismo que yo, el hambre.
Salían por una grieta minúscula,
cargadas de pequeños granos de trigo con los que llenar su despensa subterránea.
Ladronas inconscientes, mejores que yo, invitándome a compartir su botín.
Le arrebaté una semilla a una de esas soldaditas despistadas y mastiqué.
Estaba dura y, de tan pequeña, no acerté a molerla con mis dientes. Recogí otro grano sin dueño caído del cielo. Y birlé uno más, que me pareció gigante, abusando de la más pequeña de las hormigas. Pobre, la dejé sin nada, como a tantos otros.
Así, grano a grano, hice un buen bocado y entretuve el hambre y mis pensamientos. Y así, ante lo absurdo de masticar ese chicle de harina, recordé tus palabras cuando me negaba a comer lo que no me gustaba.
-El año del hambre, hijo, el año del año del hambre te hacía falta pasar…

Esa frase hecha era entonces una llamada de advertencia, uno de esos pequeños legados maternos que forman nuestra identidad. De nada sirvió, ni ese ni los siguientes. O sí.

-Perdona madre, me dije en alto.

Observé el ir y venir perpetuo de las hormigas una vez más. Y me levanté.
Ese fue el último día porque por fin me puse a buscarte. Esta vez de verdad.

El año del hambre, por fin, acabó para mí. Gracias a ti, madre.

La tormenta brasileña

El surf es un deporte que consiste en deslizarse por las olas del mar utilizando una tabla. Las tablas pueden tener diferentes tamaños y formas. Una buena tabla es fundamental para un mejor desempeño o para que el proceso de aprendizaje sea más fácil. Se recomienda que los principiantes usen las tablas más grandes, conocidas como Tablas Largas o Longboard.

Además de ser un deporte que proporciona un contacto intenso con la naturaleza, el surf trabaja con todos los grupos musculares y desarrolla la coordinación motora de sus practicantes.

El deporte en Brasil, durante muchas décadas, tuvo a sus practicantes tratados de manera marginada y lejos del profesionalismo. Hoy en día, tanto el deporte ha evolucionado como la imagen de los practicantes, que de hecho, se convirtieron en profesionales y, más que eso, en deportistas. En algunos casos, para la nueva generación de brasileños, ya podemos decir, por la fama adquirida, que  tenemos surfistas comparables  a las estrellas de rock o cine, entre ellos, los surfistas Gabriel Medina, Ítalo Ferreira, Filipe Toledo y muchos otros que forman la Tormenta Brasileña, compuesta por más de 30 profesionales jóvenes que están dominando el escenario mundial del surf. Por eso  los gringos los llaman: La Tormenta Brasileña.  

Tengo el privilegio de haber nacido y vivido cerca del mar y desde los 9 años practico este deporte. De hecho, el surf ofrece a todos una mejoría de su salud,  además de un  estado físico,  mental y socio-ambiental privilegiado.

El Surf es un estilo de vida y  vivir el surf y proteger los océanos son los objetivos a cumplir.

Ricardo Montenegro, C11 (profesora Silvia Cevasco)

Brasil, mestizo

El mestizaje se manifiesta en Brasil desde su época colonial.

Primeramente con una mezcla culinaria entre la parte traída  por portugueses con la raíz indígena que aquí ya estaba presente.

Después, llegarán los esclavos africanos también con sus comidas típicas, haciendo cambios de ingredientes y condimentos.

Así, la comida típicamente brasileña está compuesta por pescados frescos, muchas frutas, raíces, menudos , cortes no tan nobles de carnes y caldos. La “feijoada” es un ejemplo. 

Más tarde, el país recibió una gran contribución de inmigrantes, como japoneses, italianos, alemanes, chinos, españoles, árabes y otros más.

No conozco otro país con tanta variedad gastronómica.

Así, en ciudades mayores como São Paulo, Belo Horizonte, Porto Alegre y Rio de Janeiro la gastronomía es muy variada y se puede comer de todo. En São Paulo es como dar la vuelta al mundo probando platos típicos de todos los  lugares.

En un día, puedes desayunar croissants franceses en una Boulangerie; probar sushis y sashimis en el barrio de Liberdade al medio día; tomar un verdadero gelato HELADO italiano a la tarde y cenar en una típica cantina italiana.

Si estuvieras despierto y animado, aún se puede terminar la noche en un Pub inglés o en una cervecería alemana.

Mariana Cardoso Guedes, C11 (Profesora Patricia Lafuente)

El mejor momento está por vivir

El mejor momento está por vivir

Me pregunté si algún momento anterior que viví fue de verdad. Si como aquel, mereció detener el tiempo y mecerse en el recuerdo de ese sentimiento. No.
Nada que no sea sentido perdura. La memoria es esquiva, pero cuando te encuentra no miente. Queda poso de lo auténtico. Y de alguna fruslería que le sirve de envoltorio a lo real y bueno.

Esa mañana, anudando lentamente los cordones de mis zapatos, al pie de tu cama, sentí la tiritona propia de la resaca de la felicidad. Pensé que jamás volvería a disfrutar de algo tan maravilloso como lo de la noche anterior.

Te acaricié con suavidad para no despertarte, y contuve mi respiración para escuchar la tuya, antes de marchar. Me quedé inmóvil por unos segundos, lamentándome de continuar, acunándome en la belleza de tu gesto al dormir. No hay rostro más bello que el protegido por el sueño.

Quizá fuera el vino, quizás la conversación, quizá tus caricias, quizás el arrumaco eterno de tu voz, quizá el amor, quizás, definitivamente, el vino…

Pero sé que entonces quise, por fin, detener el tiempo, revivir ese momento sin fin. Salí de tu casa dispuesto a volver para quedarme para siempre, pero no. No regresé. Sentí miedo a perder lo vivido.

No aprendí a detener el tiempo. Nadie puede, por mucho que quiera. Pero sí que afronté la realidad de sabernos efímeros, de que, aunque no lo recuerde aún, el mejor momento está por vivir.

Y volví.

La mascarilla de los huevos

No me va el humor escatológico. Pero me río. Eso de las defecaciones, flatulencias y meadas fuera de tiesto me dan vergüenza ajena, y hasta propia. Así que no me regodeo especialmente en este tipo de acontecimientos.

No negaré, como mi primera amiga de adolescencia, que algún viento se me escapa. Ni negaré que hago uso del excusado como todo bicho viviente; a veces como un reloj, otras veces a deshoras y atormentado. Pero ni lo cuento ni entro en detalles. Esto será una excepción, por lo hilarante y absurdo de mi última anécdota en culminación del proceso fisiológico de las aguas mayores.

La edad nos hace menos resistentes al apuro frente al detritus y toca aliviarse donde toca y como toca.

El otro día, en la previa a una reunión capital para dar las cuentas a los flamantes directivos de mi empresa. Bien pertrechado que iba, con un buen informe y mis mejores galas, pero quizá con nervios movedizos… El caso es que, por fortuna, encontré un buen lugar aseado donde recuperar la calma. Y que, por desgracia, encontré también a mis jefes al salir. Sí, que todos pasan por allí, pero que no agrada toparse con nadie a las puertas.

Saludas y se te quedan mirando. Sabes que algo no marcha bien y te pones en lo peor…¿Atufará… ? Falsa alarma.

Un alma bondadosa se tapa la boca para advertirte que te has olvidado de colocarte la mascarilla. Sonríes, y la buscas en los bolsillos del chaleco, y no la encuentras. Sonríes de nuevo, y la buscas en los bolsillos del pantalón, pero tampoco la encuentras. Ya no sonríes tanto, que la mascarilla, hoy, es el atuendo principal para cualquier reunión.

Vuelven los nervios y buscas y rebuscas… Y entonces, en un momento de lucidez, entiendes por fin donde está la mascarilla de los huevos.

Comprendes que la molestia que te perturba en la zona noble tiene su origen en un descuido al quitarte la protección y colocarla entre tus rodillas, y no en un fleco molesto del bolsillo o en una doblez inapropiada de la camisa.

La mascarilla está ahí, donde no debe.

Sonríes, pones cara de circunstancias frente al olvido y vuelves a entrar. Toca bajarse de nuevo los pantalones y, por fin, encontrar en tu calzones la mascarilla negra y de dos capas que habías estrenado aquella misma mañana.

Yo ya la llamo la mascarilla de los huevos. Y sonrío.