El mejor momento está por vivir

Me pregunté si algún momento anterior que viví fue de verdad. Si como aquel, mereció detener el tiempo y mecerse en el recuerdo de ese sentimiento. No.
Nada que no sea sentido perdura. La memoria es esquiva, pero cuando te encuentra no miente. Queda poso de lo auténtico. Y de alguna fruslería que le sirve de envoltorio a lo real y bueno.

Esa mañana, anudando lentamente los cordones de mis zapatos, al pie de tu cama, sentí la tiritona propia de la resaca de la felicidad. Pensé que jamás volvería a disfrutar de algo tan maravilloso como lo de la noche anterior.

Te acaricié con suavidad para no despertarte, y contuve mi respiración para escuchar la tuya, antes de marchar. Me quedé inmóvil por unos segundos, lamentándome de continuar, acunándome en la belleza de tu gesto al dormir. No hay rostro más bello que el protegido por el sueño.

Quizá fuera el vino, quizás la conversación, quizá tus caricias, quizás el arrumaco eterno de tu voz, quizá el amor, quizás, definitivamente, el vino…

Pero sé que entonces quise, por fin, detener el tiempo, revivir ese momento sin fin. Salí de tu casa dispuesto a volver para quedarme para siempre, pero no. No regresé. Sentí miedo a perder lo vivido.

No aprendí a detener el tiempo. Nadie puede, por mucho que quiera. Pero sí que afronté la realidad de sabernos efímeros, de que, aunque no lo recuerde aún, el mejor momento está por vivir.

Y volví.

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