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Con prudencia, sin miedos, la vida continúa en EspañaAquí.

Es lo que hay.

Seguir los consejos de las autoridades manteniendo un espíritu positivo para reinterpretar nuestra vida significa adoptar una actitud valiente delante de la amenaza.

Por el contrario, sucumbir a la irracionalidad del miedo es dotarle de un inmenso poder.

Me gustaría agradecer a todos los alumnos valientes que continúan con EspañaAquí y que aún a sabiendas que el contacto personal, inviable por ahora, puede ser más ameno, que no más productivo, han decidido enfrentar la incógnita del futuro haciendo un análisis cabal de las posibilidades que las nuevas tecnologías nos ofrecen.

Vamos, juntos, vendrán tiempos mejores y seguro que después de esta, ya será muy difícil que haya algo que no conozcamos de vosotros, y vosotros de nosotros.

Seremos mucho más amigos y humanos, profesores y alumnos.

2o

Diálogos brasileños. Diálogos españoles

La observación de los tiempos en los diálogos, el vacío entre la articulación de un mensaje por parte del interlocutor y la respuesta producto de un feed-back necesario que muestre la sensación educada de escucha y asimilación del contenido informativo de la otra parte es un canon de comportamiento conocido y elemental para los brasileños.

Habría que explicar por qué un brasileño se mantiene impertérrito ante la alocución de su interlocutor y pacientemente espera que se agote el mensaje para enseguida completar el continuum comunicativo con su propuesta informativa, que es respetada con la misma paciencia canónica y disciplinada del momento anterior.

En otra ocasión lo intentaré.

Contrariamente, el español avanza en el proceso cognitivo del interlocutor superponiendo su argumento, tapando y cortando su cadena argumentativa y lógica, disminuyendo poco a poco la magnitud de las frases de su interlocutor, inconscientemente.

Persigue irremisiblemente y con la máxima premura la monopolización de la gestión de la idea, al menos aparente, que no es otra cosa que la consecución de su idea o prejuicio original.

Lo importante para los españoles no está en el proceso, sino en el desenlace, no en el lento, cadencioso y disciplinado hábito del diálogo.

La concreción del proyecto es infinitamente superior en importancia a los cánones disciplinarios de la puntualidad, del horario, del diálogo excesivamente “demorado” sometido a pautas rígidas de silencios-réplicas-contrarréplicas etc (observar los debates gubernamentales brasileños en la televisión).

El español ansía llegar al final, realizar, concretar el proyecto y colocar la máquina operativa en marcha lo antes posible (antes incluso de sopesar la adecuación o inadecuación de su estrategia).

El volver atrás por una mala planificación forma parte del juego del riesgo empresarial. Esto no cabe desde el punto de vista metódico anglosajón o brasileño, más racional, pero menos ágil, según ellos.

Lógicamente cuando al brasileño se le corta continuamente en sus discursos, considera que quiere ser “orientado ” o convencido, y que en realidad no se perfecciona el acto del intercambio de información o del diálogo.

Juzga al español irritante, pesado, no respetuoso, apresado y maleducado.

Al mismo tiempo, el español “nota algo raro” en la parsimonia de los diálogos y en los abismales silencios que surgen en cualquier tipo de interlocución.

Los silencios, cuando se espera una batería argumentativa expelida de manera más o menos violenta (desde el punto de vista dialéctico), además de sensación de lentitud, produce desconfianza.

Aínsa, pueblo bonito

Aínsa é um vilarejo no coração dos Pirineos beirando o Parque de Ordesa, e está totalmente construído em pedra, chama a atenção sua cor preta e o calculado das suas ruas. 

São duas vias que desembocam na praça principal, provavelmente uma das fotografias mais famosas desse enxame de cidadezinhas minúsculas e encantadoras que semeiam a Espanha. 

 Uno de los pueblos mais bonitos de España, avisa um cartaz assim que você chega em Aínsa. 

No horizonte, no alto ou como você quiser, os Pirineos aparecem imponentes avisando que os invernos rigorosos confluem neste vilarejo para proporcionar tardes de comida quente, aconchego, paz, natureza, intimismo e beleza pura. 

 Na fotografia pode-se observar como as pessoas almoçam tranquilamente na rua, processo que invade a nossa Sala de Convívio e parece que o grupo se integra conosco unido por uma mão que misteriosamente aparece no canto superior direito que pendura a letra A, a palavra, a nossa vida. 

Los alimentos de la tierra

De la tierra se obtenían lechugas, tomates, pimientos, alubias, garbanzos, escarolas, trigo, cebada, manzanas, peras y otros alimentos. La tierra ponía su espalda reproductora y los hombres, puro instinto, se encargaban de hacer el resto. Le metían la semilla en el momento de máxima fecundidad, y de repente allí empezaba a brotar una vida incierta que se convertiría después de la estación en suculenta verdura adulta. Esos alimentos eran fruto de una relación especial entre el hombre y la naturaleza, tanto es que, uno hasta pudiera decir que las lechugas, las escarolas y los manzanos tuvieran registro de nacimiento y personalidad.

– Tengo unas lechugas…
– Sí, ya las he visto.

El hombre volvía a casa con las manos mojadas y la lechuga gorda ,y la ponía encima de la mesa todavía con restos de tierra. Era una lechuga compleja, más que una lechuga, como un hijo lechugón, un troncho verde y acuoso recuperado de la espalda terrenal que vino al mundo con amor. La lechuga de la tierra del hombre, esa partitura de hojas arrugadas, ese cogollo de afecto, era un patrimonio como otro cualquiera, como la casa, el vehículo de locomoción, una mesa de madera maciza o la ropa. La verdura que se le escapaba a la tierra por encima y que el hombre la cultivaba para llevársela a casa, formaba una comunidad de seres vivos y frescos, una representación con nombres y apellidos de una familia heterogénea pero familia al fin y al cabo, un universo lleno de modélicos padrones de crecimiento.

– Qué cogollo.
– Buenísimo.
– Menos mal que lo regué el sábado.
– Estaba con sed.
– Si me descuido un día más.
– La puta de bastos, qué bonitos están.

El amor de lechuga predestinaba que el universo del hombre fuera equilibrado y las circunstancias que rodeaban el hábitat natural de su vida tuvieran eco en cada recoveco del Pueblo y también en los vacíos que dejaban atrás las manecillas del reloj. La espalda de la tierra era la fortaleza y su amparo, el puerto seguro donde las cosas se mostraban como tales, lejos de la complejidad retórica que parecía mostrar la Ciudad. La retórica era el miedo. El cielo, la tierra y el Hombre, la vida.

El Hombre de pueblo había nacido del suelo, aprendido a subsistir en el suelo y también volvía al suelo para regatearle los placeres de la vida. Los placeres de la tierra eran placeres que venían dados, de partitura, pero que soltaban un jugo tan suculento como aquellos que normalmente los hombres de Ciudad procuraban buscándole las cosquillas a la sucesión de días monótonos y resabiados.

Al final del día, normalmente los fines de semana, a los lomos de la tierra, el hombre le calzaba una parrilla y le ponía costillas de cordero, longanizas o caracoles de cuneta, por poner un ejemplo (los caracoles de cuneta salían de la cuneta cuando llovía. Se les ponían los cuernos erectos y entonces el Hombre los metía en un rastrillo, los dejaba a dieta dos ó tres días para que se limpiasen de impurezas y luego los abrasaba en martirio en una parrilla llena de grumos de sal).

El suelo crepitaba y la tierra obligada se revolvía. El hombre se consolidaba y la sucesión de los días era como tenía que ser, como el traquetreo de los trenes, largo y portentoso, lleno de retos y pruebas, amplio y acongojador, aunque varado en las vías imperturbables y férreas, catalizadoras de las cosas, simples, austeras y apasionantes.

Cuando los pueblecitos de España encienden su luz…

Los pueblos de España pueden encenderse la luz al final del día para que las paredes de sus casas adquieran la tonalidad tierra o piedra que los caracteriza, sus luminarias amarillas alumbran el cobijo y nos recuerdan que en la calle hace frío pero no se está mal, quizá el frescor voluptuoso de febrero, que da los más bellos, límpidos y suculentos días del año engañan un poco, lo más perfecto está en el silencio y las humeantes casas de los pueblecitos de España en febrero cuando encienden sus luces para recuperar el placer del silencio y la dicotomía de la casa y su calle, el frío y el calor, el cobijo y la intemperie, la familia y los perros vagando mientras ladran sin parar.

El MAM, la naturaleza y su deporte…

El MAM es un museo rodeado por naturaleza y personas haciendo deporte, o un conglomerado humano multicolor  que transcurre a través de sus corredores y vanos chapados practicando una obra de arte, también podría pensarse que consiste en una vaguada de exposiciones rodeadas de una bella ecología…  está claro que el MAM es un museo atípico o pone en duda que lo sea típico.

La transversalidad de la naturaleza de las cosas es una virtud brasileña, la magia para toquitearlas y generar conceptos únicos de una manera liviana, sin aspavientos pertenece al surto tropical de por aquí, no tengo ni idea de cuál es el motivo, solo puedo asegurar que esta mañana de sábado lluvioso me sentí bien entre los tres.

São Paulo, qué bonita estás fea

La estética de lo feo acaba de instalarse en São Paulo, calles, fachadas y restaurantes rezumando mal gusto.  Calculado.  Cuando lo inacabado sugiere bonito y el grafiti junto a una figura clásica de Einstein no rebota las críticas, hay que pensar que tenemos un nuevo género visual saliendo del armario.

No hay más que pasarse por Pinheiros y descubrir restaurantes rutilantes de lo más groseros, todos ellos puntualmente configurados en el desaire, desorden cromático y aberración de sus materiales, cuanto más feo más morbo, un clásico.

Qué le mueve al paulistano a sentarse en el underground, la reversión de la formalidad atosigante que supone configurar su etiqueta a diario, esta puede ser una de las explicaciones.

Todo es bonito en lo zafio, la fealdad paulistana recupera nuestra autoestima.

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Las redes sociales y el voyerismo de botón

Las redes sociales a través de sus botones recrean un matrix social, algo mental, pero los recuerdos y el pasado no son diferentes y también forman parte del hombre.

Relacionarse a distancia quizá devalúe el compromiso humano, antiguamente consistía en la cita de reloj que llevaba aparejada la clásica y sencilla puntualidad impulsada por el valor de la palabra y que normalmente concluía en un café, en el mundo de las redes sociales, llegar a la cita quizá no sea lo que más importe, normalmente la profusión no se da con el compromiso, qué barato supone publicarse hay que ver en qué consiste.

Alfred Hitchock retrató una de las esencias del hombre en La Ventana Indiscreta de manera magistral, la vida ajena vía catalejos y máquina de fotos, nuestro pretérito pero todavía reciente  periplo analógico hoy es reemplazado por el móvil y el check-in.  Espiamos y plasmamos como James Stewart pero a más velocidad, un brutal voyerismo periodístico a nivel global, quizá la mayor narrativa de la historia de la humanidad.

 

 

 

 

Goya, sus grabados y la libertad de expresión en el XIX

Goya fue un periodista pintante, su España no le gustaba y la trazó de negro con rayas que cualquier aprendiz de arquitectura debería estudiar para entender que la vida es una línea de compromiso y esta se puede manifestar en forma de grabados.

Hoy vivimos un mundo educado en la insensatez, donde la palabrería de moda es una orden, buscarle la vuelta un escarnio, y el insulto lo más acudido en las redes sociales, hay miedo a decir lo que se piensa, como toda la vida, pero en el XXI.

Si alguien dice, muchos lo piensan, pero no se atreven, que lo del feminismo no le convence, un potencial violador encurtido; si lo del ecologismo, pues a lo mejor inventan exterminaciones de chimpancés en Sumatra; cuestionar la palabra mayor suscita repulsa, merece la pena acudir al carromato de los conciertos ideológicos para darle sentido a la dura tarea de levantarse por la mañana para contrarrestar lo pesado que se hace vivir.

Goya y sus grabados, un soplo de libertad en el siglo XIX de alguien que pintaba lo que pensaba.

PREMIOS GOYA 2017