Salta

La escena era de cuento, por lo tierna. Un diabólico querubín, con cara de no entender nada, encaramado en la atracción más alta del parque. Sin opción de vuelta atrás, y a punto del llanto. 

Un padre, justo debajo, con risa  nerviosa, acompasando sus pasos a los movimientos de su hijo en el tablón de los piratas, como si de un baile se tratara. Cabeza alta sin perder de vista el objetivo, con los brazos abiertos, abarcando más espacio que la red gigante de los bomberos. Y la frase. Esa arenga repetida una y otra vez para que sonara convincente a los oídos del chavalín.  Que como todos, dudaba de si sí, o si no… 


-¡Salta!  ¡No tengas miedo! Papá te coge…papá te coge… ¡Salta!


No recuerdo bien, pero juraría que un día yo también fui ese niño escalador, necesitado de confiar en su padre.  Y juraría que, como todos, también me tiré a esos brazos.  Y me fue bien, aunque tenga un huevo en la frente sin certificado de origen. 

La escena quizás sea cinematográfica por lo bella, y no sea para tanto por lo común. Pero si lo piensas un momento,  puedes entender que aquello fue una lección. A veces, sin quererlo y sin tener culpa, la vida nos sube a lugares de donde no podremos bajar sin la ayuda de otros, que esta vez no serán nuestro padre.

Aquel día ganamos confianza de sobra, capacidad para lanzarnos al vacío y poner nuestra vida en manos de esos otros. 

Salta. 

Pero procura que quien deba cogerte se parezca  un poco a tu padre. 

Caerás en sus brazos.

Puertas al campo

El plan, de la familia, es que los sábados toca salir al campo.
Pero no al de fútbol. Que ya me gustaría a mí ponerme las botas y pisar campo de verdad. Pero, pobre, no puedo ya ni con las tabas.

El plan, de la familia, era hoy merodear en torno a la majestuosa Encina de las tres patas. Un árbol de nuestra tierra, Navarra, con 1.200 años de edad que está en pie de puro milagro. Lo de las tres patas es una descripción atinada de las gentes de Mendaza. El hueco que dejan en su base es de verdad como una puerta al campo. Peculiar. De esas maravillas de la naturaleza que hay que ver.

El plan, de la familia , era ese y disfrutar del entorno, respirar aire puro y caminar por las sendas circundantes, que dan para una buena caminata. Un plan de muchos.

El plan, de la familia, era el propio de quien busca alejarse de los malos humos urbanitas. Un plan que suelo hacer mío a regañadientes, pero que hoy, para mi sorpresa, podría haber salido incluso de mí. Hete aquí que por fin descubrí que sí, que se pueden poner puertas al campo. Como las de la encina. Mejor aún. Porterías. De Fútbol. De esas que, pasados muchos años, siguen en pie entre la maleza en lo que un día fue un campo de fútbol en una preciosa era en el monte.

De normal mis paseos son de tono distraído, pero descubrír aquellas porterías de hierro oxidado, aún firmes, en mitad de un bosque de encinas fue como para mi hijo el pequeño perseguir a una mariposa grácil y de colores vivos. Algo maravilloso.

¡Qué plan! Campo. Un campo de futbol en mitad del campo. Me puede la afición.
Durante un rato me imaginé como el amor por el fútbol llevó, en otra época, a los pioneros de este deporte a plantar dos porterías allí. Vaya craks. Imaginé cómo los chavales del pueblo dieron sus primeras carreras tras la pelota en aquel lugar increíble, en el que a falta de gradas tenían un bosque encima. Imaginé como sería tumbarse en la hierba fresca natural tras el esfuerzo del juego y guardar silencio. Imaginé a un chaval dispuesto a botar una falta, un córner, un penalti con ese horizonte en la mirada. Vaya sitio.

La naturaleza casi se ha engullido lo que un día fue ese pequeño y coqueto campo de fútbol, pero las porterías permanecen erguidas. Reclamando para sí aquel pedacito de campo ya casi olvidado. Otro monumento sorprendente junto a la milenaria Encina de las tres patas.

El plan, de mi familia, perfecto.

La mejor tortilla de patata del mundo

A mi, la tortilla española, me gusta hacerla a lo grande.
Para cuatro, que somos tres.

Cubro el fondo de la sartén con medio dedo de aceite de oliva.
Extra y virgen. Sin racanerías.
Que se note que de esto en España sobra.
De lo demás, no.

Pongo el fuego. Vivo.
Y lleno esa sartén hasta arriba de patata cortada.
Que luego se quedan en nada.
Fina y desigual. Patata de la nueva, de la buena.
Pero no te vuelvas loco…
Que si de aquí o de allá, que si de freír o de cocer, que si de la variedad tal o cual…
Una patata es una patata. Aquí, y en Brasil.

Pico media cebolla dulce y medio pimiento verde. Esto es cosa mía.
Tú ponle las cosas tuyas.
Sin preocupación.
La tortilla española es la de patata y las patatas son de América.
Si eso no le impide ser española, nada que lo pongas tú le hará perder identidad
Eso sí, lo que salga, bajo tu responsabilidad

Bueno. A lo que iba.
Una vez dentro mezclo esos ingredientes con mimo y añado la sal.
Y por fin, lo mejor. Esperar.
Es la parte más gratificante de la receta.
Te sientas en posición de vigía.
Te regalas una copa de buen vino, unas aceitunitas…
Y lo dicho, a esperar.
De normal, con una copa bastará.
Aunque yo suelo tomar dos.
Paciencia no me falta.
Y me gusta que la mezcla se fría bien.
Y me gusta el vino. Y las aceitunas.
Buen español que soy.

Atentos ahora que se nos va.
Casca diez huevos en un cuenco y bátelos.
Pero no te pases de vueltas.
Deja la sartén donde está y con ayuda de una cuchara retira la mayor parte del aceite.

Y ahora sí, por fin, llegamos al cénit de esta creación.
Aúpa el culo de vino que siempre queda en la copa.
Toma aire y expira. Hace falta paz.
Vierte los huevos batidos y ayúdate de la cuchara y de tu gracia para que aquello case bien

Deja pasar un minuto. Que no se pase de hecha.
Pon la tapa sobre la sartén y dale la vuelta sin miedo.
Te aseguro una cosa.
Si eres capaz de colocar de nuevo esa tortilla sobre la sartén ya nada podrá contigo.
A partir de ahí cuestión de un minuto más.
Ponla en un plato.
Y llama a los otros dos.
Así te sabrá mejor.
Hecha.

Garbanzos de toda la vida

Comerse unos buenos garbanzos de toda la vida, con poca carne y lo justo de chorizo o longaniza, algo de bacón, determinadas verduras, las que haya, no hace falta buscarlas y ciertas especias al color, para quizá, quién sabe, suplementar el riquísimo desconcierto en el paladar que produce el picorcillo general de un buen pimentón de siempre, significa alcanzar la gloria.

O quedarse bien cerca, al lado, puestos a decir.

Salga fuera y vuelva a entrar…

La invasión de lo digital me pilló talludo. En los 90, recién salido de la adolescencia. Pero pude reaccionar a tiempo de no dar el cante frente a los nativos de las nuevas tecnologías. Me manejo con soltura ante las pantallas, contrarrestando mi torpeza con tantas y tantas horas metidas; casi todas, en balde.

Vivo demasiado tiempo en esa realidad virtual. Y lucho por escapar de ella procurando encuentros carnales que la mierda del COVID hace ahora casi imposibles.

Este sábado me tocó acudir a una tienda física de Movistar, para cambiar un router y recordar que tras el teléfono de atención al cliente hay personas de verdad.

En la cola abundaban gentes mayores que yo, de esas que no aciertan a contratar nada si no es cara a cara. Pertrechados frente al virus. Asustados ante la tienda de telefonía y un lenguaje que no pueden comprender. Pobres. Lo suyo sí que es un acto de fe cuando les hablan de gigas, bites, wifis y fibras ópticas… No sabemos nada, pero una cara amable y sonriente puede con todo.

La que nos atendió era así. Pura simpatía. Le hubiera firmado lo que me pidiera sin rechistar, como todos los demás.

-Apliquese el gel, por favor.
-Meta el aparato en la bolsa y ciérrela usted mismo, por favor.
-Abra la aplicación del móvil y marque la pestaña donde le indica Indentificación en tienda, por favor.
-Acérquelo al lector de QR, por favor.

Y yo, que en estos casos muestro obediencia casi militar, a todo que sí…Sin pensar.

La máquina lectora del código empezó a sonar en agudo, insolente, pero yo insistí, una y otra vez. No pensaba parar hasta que la dependienta me dedicara una sonrisa con su aprobación.

Sin embargo, me miró y torció el gesto.

-Salga fuera y vuelva a entrar, me indicó.

Y yo, obediente una vez más, le sonreí y salí pitando de la tienda con intención de regresar, pitando también.

-Señor, salga de la aplicación y vuelva a entrar en ella, no de la tienda… ¡Vuelva aquí! Por favor.

Por un momento pensé en ponerme a llorar de la vergüenza por la confusión de realidad. Salir, había que salir, pero no de la tienda, !joder¡ Estoy tonto, pero tonto del bote, pensé.

La dependienta me miró compasiva y empezó a reír a carcajada limpia. Aquello me salvó del ridículo, porque entendí que esa risa comprendía que la confusión entre lo real y lo virtual es lo propio de este tiempo. Absurdo, pero comprensible.

Y la dependiente repitió.

-Salga fuera y vuelva a entrar. De la aplicación, por favor.

El niño, o la niña, de chocolate

Avda. Rio Branco, al lado de cracolandia.

Un niño, o niña de chocolate, sorprendido, una cuchara queriendo algo, una boca mayor que una ventana, ojos fértiles.

Qué más da el metálico utensilio cuando a él o ella, el cacao le rebosa por los poros de la vida.

El grafiti ocupa la fachada lateral del edificio, al lado, otro, con un poquito menos de suerte nos recuerda que São Paulo continúa siendo São Paulo a pesar de que, evidente, uno lo percibe, no le va nada mal convivir con los gustos buenos y a quién le amarga un dulce.

Hijos, pudores, Netlix

Existen dos tipos de pudores, el de los padres con los hijos y el de los hijos con los padres.

En cualquiera de los casos, responden a naturalezas parecidas.

En la serie Turned on, Netflix, se retratan situaciones de relacionamientos que no por arquetípicos y consabidos, dejan de sorprender.

Todos ellos previstos a raíz del orden imperante provocado por el acúmulo de información actual en el que la sociedad, principalmente la relativamente joven, se ve inserida.

Reaccionan, pero no deciden, y aquella se disfraza de esta.

Trasladado al terreno amoroso, provoca la toma de decisiones rápidas y descartables, lo cual sugiere el morbo propio para la producción de una serie de televisión.

Bombardear con inputs implica responder inmediatamente, es imposible concienciar la resolución.

La aventura puede ser más divertida, pero el react normalmente provoca inseguridades, la misma que le suscitó a mi hijo sorprenderme in fraganti delante del televisor, no era otra cosa que una subida de pudor al descubrir la historia cuestionable que vivencian.

Y que no quisieran para sus padres.

Repartidores de ifood, sustentabilidad y un beso

Ayer me deparé con una situación insólita, solo después de un tiempo me di cuenta qué ocurrió.

Un entregador de ifood me dio un beso cuando lo recibí en portería.

Lo que hice fue: saludarlo, llamarlo por su nombre, agradecerle y gratificarlo con una pequeña propina.

Supuse que pocos lo habían hecho antes. Pero su reacción fue metafórica.

En este mundo de imprevisiones, entre lockdown, resquemores y sospechas, la realidad es mucho más amplia y compleja que algunas medidas, casi todas, binarias, adoptadas por los políticos de turno, un panorama nada fácil de administrar, también hay que reconocerlo.

Los entregadores que de punta a punta de la pandemia nos han suministrado comida y compras, además de haber inscrito un modelo sustentable económico y de preservación social, y también propio, son unos auténticos titanes, un ejército de buena gente, trabajadora y tenaz (ayer vi a muchos de ellos bajo la lluvia inclemente de São Paulo con su carga penitente y no supe cómo mirar, ni qué pensar ni qué decir, ni dónde meterme ni cómo recuperar una explicación veraz, desde mi perspectiva más que impaciente, incontinente)

Vaya por ellos, ifood, rappi, por todos los entregadores de São Paulo, de Brasil, ávidos de identidad, gratitud y reconocimiento, como descubrí ayer al mediodía, sois los putos amos del cotarro, la polla en vinagre de la pandemia y el escozor de la mierda del virus que afortunadamente ya toca a su propio fin.

Un beso.

El patio de mi casa es particular…

Quizá el gris del cielo y las montañas con su negro entre el verde de los campos mojados mientras una vaca rumia aislada en su intemperie muestre una imagen tristona, áspera o inacabada. Creo que sí.

Pero pensándolo bien no es más que lo que tiene que ser, el preludio del invierno repicando en diciembre, una austera secuencia de personalidades climatológicas y cromáticas propias y repetidas de toda la vida.

Morirse un poco para recuperarse, apreciar los verdes de los verdes, o los grises infinitos del cielo, esa sucesión natural de las estaciones que nos sugiere olores que caducan, estampas que caducan, comidas que caducan, ropas que caducan, pequeños vahídos con principio y final, rejuvenecimientos temporales, claustros y patios.

Que venga el frío, su invierno en forma de viento y los terrones de nieve que auguran que al fin y al cabo, el patio de mi casa es particular…

Encuentro maravilloso

Acabábamos de comer y, animados por la satisfacción del buen bocadillo, el baño y el descanso al borde de la poza decidimos continuar el camino de regreso, esta vez en sentido circular, así completaríamos un sendero que nos iba a llevar de principio a fin, y lo haríamos con unas bonitas y agradables vistas panorámicas…

Estábamos subiendo los tres, Jose mi marido, mi hijo Marcos y yo. Caminábamos alineados, confiados al puro azar de nuestras pisadas, sin descansar, a buen ritmo, disfrutando del placer que te da el ejercicio físico cuando sientes que lo dominas, respirando el oxígeno abierto que desprende la vegetación, mostrándonos cada planta, cada una más preciosa y singular.

Un calor intenso hizo su aparición, yo me estaba poniendo más roja que un pimiento, me lo sentía como un pálpito en el rostro aunque no podía verme. Más tarde, Marcos y su padre me dijeron que estaba muy colorada, que me colocara la visera por si acaso no me fuera a dar un patatús, no era cuestión de semejante chandrío. Me negué, típico de mí y vacié media botella de agua calentosa sobre la cabeza para salir del paso. De pronto, en el lado derecho, algo hizo desviar mi atención y detenerme en el camino que continuaba escondiéndose con graciosa picardía.

Una pequeña y delicada mariposa blanca, de movimientos acompasados se agitaba descontrolada entre las hojas verdes que la envolvían. En aquel instante yo no comprendía que estaba atrapada en una telaraña de la que no conseguía liberarse. Por un momento pensé que era un ser vivo insignificante, uno más que tendría que dejarse llevar a su suerte. ¿Para qué intervenir cuando yo estaba en mi gozo, mi todo?…mejor dejarlo pasar ¡Oh,no,…no!…¿Pero, cómo pude pensar eso?, ¡Dios mío, qué locura más terrible me asaltaba! ¿Era el sol abrasador que estaba turbando mi entendimiento?, ¡Me había convertido en una persona insensible y horrible!

No había tiempo que perder, luego podría detenerme y aclararlo, verdaderamente no era el momento de más estupideces. Dirigí mis ojos hacia la mariposa, la tomé entre mis dedos con mucho cuidado para no lastimarla, era tan hermosa y delicada… ¿Cómo se me había ocurrido abandonarla por un instante? En ese mismo tiempo me desprecié por no haber comprendido el sufrimiento de aquella mariposa que temblaba en su agitada vida.

Deslicé las yemas de mis dedos sobre sus alas, deshaciendo uno a uno los hilos del laberinto que se habían tejido sobre su indefenso cuerpo. La pequeña mariposa blanca ya no temblaba, alzaba su cuerpo y sus alas con exquisita naturalidad, bellísima en su quietud estaba posada sobre mi mano. Fueron unos instantes, aquellos en los que pude contemplar sus ojos y su cuerpo entornados hacia mí, y le di las gracias por ese maravilloso encuentro.

Miriam Villanueva, Pamplona.