El otro día estaba escuchando una reflexión sobre la persecución de lo católico a lo largo de la historia contemporánea, comenzando por la Vendée francesa, siguiendo por la Cristiada mexicana y continuando con la República española y la Guerra Civil.
El afán destructivo del ser humano es histórico, del hombre, y de las cosas. De estas últimas hay episodios en algunos lugares de California con el derribo de estatuas de Colón o de Fray Junípero Serra, también en ex países comunistas, donde la figura de Lenin o Stalin es retirada como símbolo de liberación o las clásicas profanaciones en iglesias, eliminando símbolos, o exponiendo valores tangenciales a través de actos transgresores, como el de Rita Maestre en 2011. Es reseñable el sarcasmo o memetización de figuras religiosas en programas de televisión o películas. Matar las cosas supone reírse de la historia que ya murió.
Buñuel tenía una especial debilidad por los obispos y su mitra, el otro día el Gran Wyoming se presentó entre su cátedra con una indimentaria simulando otro obispo, como el de Buñuel, que imprecaba al público acerca de los peligros de la homosexualidad, es decir, un asunto que se reactiva a cualquier momento porque entre otras cosas, rinde audiencia segura.
La profanación de retablos, estatuas, pasos de hermandades, y hasta túmulos y cadáveres en España a lo largo del siglo XIX y XX constituye uno de los episodios más desconocidos, sobrecogedores y vergonzantes de nuestra historia reciente que merece ser estudiada con profundidad.
Hay una frase en latín que la encontré leyendo un artículo de Larra que viene al pelo, Homo sum, nihil humani a me alienum puto, es decir, como soy humano, nada de lo humano puedo dejar de pensarlo.
Se echa de menos tratar más de las cosas humanas para que los ideales no las esclavicen con ideologías al convertirlas en fetiches contingentes, a los que haya que derribar para recomenzar nuevamente las cosas.
