El otro día estaba escuchando una reflexión sobre la persecución de lo católico a lo largo de la historia contemporánea, comenzando por la Vendée francesa, siguiendo por la Cristiada mexicana y continuando con la República española y la Guerra Civil.

El afán destructivo del ser humano es histórico, hoy continúa en algunos lugares de California con el derribo de algunas estatuas de Colón o de Fray Junípero Serra, también en ex países comunistas, donde la figura de Lenin o Stalin es retirada como símbolo de liberación, siguiendo por profanaciones en iglesias, o lo más reseñable, el sarcasmo o memetización de figuras religiosas en programas de televisión o películas.  Matar las cosas, agitar los hábitos, suponen reírse de la historia, que ya murió.

Buñuel tenía una especial debilidad por los obispos y su mitra, el otro día el Gran Wyoming se presentó entre su cátedra con una indimentaria simulando otro obispo que imprecaba al público acerca de los peligros de la homosexualidad, es decir, un asunto inconcluso que se reactiva a cualquier momento y rinde audiencias segura.

La profanación de retablos, estatuas, pasos de hermandades, y hasta cadáveres en España a lo largo del siglo XIX y XX constituye uno de los episodios más desconocidos y vergonzantes de nuestra historia reciente.

Hay una frase en latín que la encontré leyendo un artículo de Larra que viene al pelo, Homo sum, humanum, nihil humani a me alienmum puto, es decir, como soy humano, nada de lo humano puedo dejar de pensarlo.

Se echa de menos tratar de las cosas humanas para que los ideales no lo esclavicen con ideologías que puedan convertirse en fetiches contingentes a los que haya que derribar para recomenzar nuevamente las cosas.

Deixe um comentário

O seu endereço de e-mail não será publicado. Campos obrigatórios são marcados com *

*

Este site utiliza o Akismet para reduzir spam. Saiba como seus dados em comentários são processados.