El libro de Motta A construção da maldade, demuestra que la violencia prospera en un caldo de cultivo donde la opinión pública es dominada por discursos proclives al infractor. Estos relatos provienen normalmente de sectores que representan a la izquierda, especializada en defender ideales maximalistas y que difícilmente pueden cumplirse. A lo largo de los tiempos, estos generan casi siempre un inmenso desgaste, cabría averiguar, dicho sea de paso si el saldo entre las utopías y su realizacines prácticas valieron alguna vez la pena a lo largo de la historia.
Esta narrativa se alía con el judiciario de una manera impúdica, a veces pudiera parecer, hasta fraudulenta, irrespetuosa con la población civil y principalmente con los agentes de seguridad que al fin y al cabo son los que arriesgan sus vidas para protegerla (una vida se defiende con armas y estas, normalmente, implican situaciones violentas). La condescendencia de los tribunales, desde el principio hasta el final de los procesos es tanta, que lleva a desmotivar a quien vela por la seguridad y auspicia a los que la confrontan.
El delincuente no nace, se hace después de un perfil psicótico con rasgos que buscan potenciar la prevalencia, la ausencia de responsabilidad, la incapacidad para acatar normas y el desapego social. Si a todo esto sumamos el desequilibrado péndulo de incentivos versus penalidades, la elección en un país donde en una mañana en cualquier calle de Pinheiros un delincuente en moto puede robar 10 alianzas y levantarse 15.000 reales es muy clara. En Brasil, vale la pena hacer las cosas mal.
