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Bodega y vino (final)

Revista Vamos Contigo 233 - Expresión escrita y comprensión lectora -
Nivel
A2 - C2
Duración
20 minutos
Créditos
2
Objetivo
Expresión escrita y comprensión lectora -
Instrucciones

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Segundo Villanueva  / São Paulo, 28 de fevereiro de 2022

 
Otras veces me quedaba mirando a las lagartijas e iba a por ellas. Algunas veces cogía alguna y les miraba su cara de lagartija, que siempre me recordaba a alguien. Otras, también, miraba las mulas que pastaban al lado. Los dueños dejaban una cuerda de diez o doce metros atada a un cabo en la tierra para que el animal pudiera correr algo y desfogarse. Una vez me dio por tirarle piedras a una mula a ver qué hacía. Quería verla sofocada, corriendo de un lado al otro, pero tampoco sé muy bien explicar por qué. Me daba algo de miedo. Igual es por eso. De repente la mula arrancó el cabo donde estaba sujeta y se escapó por arriba del monte. Un hombre que estaba por allí me dijo:
 
- Buena la has hecho
- ...
- Si te ve el dueño te das más hostias que a un hijo tonto…
- ...
 
Entonces me entró un poco de aflicción y no paraba de mirar a ver si abrían ya de una vez la bodega. Después me quedé mucho pensando por qué eso de “hijo tonto” y pensé en Juanitín y si debía ser así en su casa. Probablemente sí, si no, a qué venía aquello
 
En la bodega nos juntábamos y hablábamos. Ir a por el vino y guardar la vez era un pretexto para intercambiar opiniones. Una vez el hermano de Raquel me vio, y el lunes, Raquel me dijo en la escuela:
 
- Te ha visto mi hermano en la bodega…
- Ah, sí…
 
El hombre del chorro dejaba escanciar fuera dos o tres litros con posos y después me llenaba el garrafón de vino tinto echando pipas. A mí me gustaba oler su humedad y me abría algo el apetito. Después pagaba con el dinero justo a otro hombre y ataba bien el garrafón en la bicicleta antes de volverme a casa a ver la sesión de la tarde en la televisión. Y así todos los sábados, uno tras otro, como la misa.
 
El vino fue otro de los padrenuestros del pueblo. Había muchos que se bebían decálitros por semana, y otros no. Unos lo bebían por la noche o a la hora de comer, otros durante todo el día, como impulso para trabajar ya desde el desayuno. Al padre de Virutas una vez se le puso un nudo en el corazón y se murió. Dicen que de tanto beber vino, de tan mezclada que tenía la sangre.
 
Hasta que un día la bodega cerró. Y ya no hubo más vino. Los hombres del pueblo empezaron a comprarlo en otras partes. En botellas finas, con cuerpo de mujer. Las cosas fueron cambiando. A la bodega le empezaron a salir rajas y un montón de mata alrededor. Y lo peor. Los hombres que pasaban por delante dejaron ya de mirarla, como a una mujer pasada. Poco a poco se fue convirtiendo en un reducto donde apurando bien el oído, sólo se podían oír los ecos de la experiencia vivida. Por dentro, dicen, se fue secando como un viejo, como un árbol o como una tierra lleca y semi olvidada.
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