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Si los argentinos son unos maestros de la palabrota y muestran músculo a la hora de proferir insultos y todo tipo de exabruptos (ej. El mejor audio de la historia), los españoles albergan un valiosísimo repertorio para definir a las personas desagradables.
Esto pudiera hacer pensar que este tipo de sujetos se encuentran con frecuencia en España, con mayor que en otros lugares, de ahí la capacidad para distinguir tantos grises donde en otros con menos ínfulas, por ejemplo, Finlandia, país de mayor neutralidad (algo sosos) no ocurriría tal.
Pero este dato no existe, entonces se puede argumentar que la riqueza de epítetos hacia los impertinentes, gilipollas, merluzos, cretinos, zopencos, y la lista interminable y patrimonial de cada región pueda ser objeto de una afición nacional que se tiene y ya está.
El jamón, un lujo universal, recurso doméstico a lo largo de la historia gastronómica de todas las mesas peninsulares, era para comerlo en su tiempo, más, si le daba el aire y la oxidación de la carne grasa le profería un sabor amargo y lo que era un manjar y una alegría, principalmente al abrirlo, se convertía en un suplicio que debido a las circunstancias de la apretada historia del país había que comérselo igual. Pero no era lo mismo, aquello se convertía en un viacrucis, una carrera contrarreloj deseando que aquello, por arte de magia desapareciera de una vez (que alguien, otro, se lo comiera), una búqueda por aquel día en que llegar a casa y no verlo más, suponía un alivio y el recomienzo de una nueva temporada en torno a otro jamón. No ocurría jamás.
Un tipo rancio se pasa por amargo, algo intragable como el jamón rancio, por su postura hierática, sin ni siquiera abrir la boca, ya se convierte en una amenaza, además de sus comentarios a la baja le confieren un áurea como de fantasma o de bulto pesado que nadie quiere cargar.
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