Hace tiempo que no consigo ni empezar ni terminar un partido de fútbol. Es decir, ver uno entero. Me acuerdo que antes más, cuando televisaban el de tu equipo, una semana antes albergaba una ilusión como la de Navidad, iba creciendo a lo largo de los días hasta reventar el día del partido, el momento paraba lo que hubiera. Una emoción indescriptible en forma de gargante seca, electricidad en el estómago, orgullo de representación, no era fácil ver fútbol en la televisión, máxime si lo principal su principal eran características humanas como romanticismo, cariño u orgullo, inaceptables para un espectáculo basado en la competitividad, lo cual hacía que de manera irremediable la retransmisión se debiera asociar a otro equipo de calidad y empaque para que no saliera rana. Aquello sí que era un evento (Osasuna-Real Madrid, por ejemplo).
Hoy es de suponer que al igual que a los expectadores, a los jugadores les debe de pasar lo mismo, pues lo que se ve es lo que se da, y lo que dan es pura abulia, una sobremesa de sábado para tirar en el sofá hasta que llegue la hora de cenar antes de echar un trago hablando de todo menos de esta lata de fútbol.
