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A língua, os detalhes, a realidade, as necessidades expressivas, o privado e o público.
Hablar de los otros (mal) es un hábito nada constructivo lingüísticamente hablando: el prejuicio embrutece la observación de la realidad, por tanto, la capacidad que tiene el hombre de nombrarla, la achica, la menosprecia, la reduce a casi la nada, se usan menos palabras en definitiva.
Cuando alguien habla, seguramente cometerá alguno de estos errores, por ejemplo: dejar de lado el color del pelo de la persona a la que se refiere (el otro día conocí a la pelirroja del pescado, una gran aficionada al tenis); ignorar que el individuo hizo alguna acción reseñable en su vida, porque todo el mundo ha hecho algo digno a lo largo del tiempo, nadie es calavera para siempre, aunque algunos más que otros; que quizá se vista bien, no es fácil envejecer contra el tiempo; que use un perfume diferente, revelador; que haya soltado alguna frase lapidaria en el pasado, un meme verbal; que quizá su característica principal sea, por qué no, destacarse por un cutis bien labrado; o quizá sus buenos hábitos de descanso o su conocimiento de Zaragoza, tantas cosas tangenciales y al mismo tiempo complementarias…
La reducción del ser humano al chisme es propia de una sociedad harta de adular. Es decir, se chismea con placer porque se adula por demás.
El adulador evacua diariamente chismorreando.
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