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Rechiflador

Revista Vamos Contigo 224 - Expresión escrita y comprensión lectora - España. Costumbres, Cultura
Segundo Villanueva / São Paulo, 28 de Dezembro de 2019

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Una vez reñí con mi amigo. Tenía cara de fuego y lloraba por nada.
 
Hablaba como si tuviera una campana pequeña en la boca y masticaba alguna palabra, por lo que escupía mucho. También le faltaba algún diente, y por eso no era de los que más preferíamos. Además no jugaba bien al fútbol y ni leía seguido los libros de Senda, ni hacía bien las cuentas ni nada.
 
Era un amigo de los que los maestros no tenían gran consideración y nosotros, que éramos sensibles y rotundos con nuestras preferencias nos dábamos cuenta enseguida.
 
- Ya estás llorando otra vez. No paras de enredar. A ver si te estás quieto...
 
Los mocos se le deslizaban por la nariz y a veces se olvidaba de ellos y los lucía colgando durante toda la mañana. Su pelo era negro y por ese motivo, a nosotros nos daba la sensación de que iba sucio.
 
Solíamos reñir a eso de las tres de la tarde.
 
Por la mañana no encontrábamos razones. Nuestras madres nos ponían pimpantes y acudíamos a la escuela a ver qué nos contaban.
 
Conforme pasaba el día nos íbamos aburriendo o cada cual empezaba a pujar por sus intereses y ahí es cuando empezaban a salir chispas. Mi amigo nunca quería nada con nadie, y que recuerde, tampoco tenía ningún interés en concreto.
 
Le gustaba enredar, y se rechiflaba de nosotros porque se aburría. A mí me daba que era medio tonto porque nunca quería nada y no me gustaba que nos rondase después de comer cuando hacíamos nuestras cosas porque sabía que iba a ser un estorbo.
 
- Tú, cállate
- No me da la gana
- Lo qué...
- Porque lo digas tú, chulo
- ...
- Ayyyyyyyyyyyyyy
 
Una vez le sacudimos porque no podíamos más.
 
Se puso tan pelma que parecía que le gustase que le diéramos patadas secas en el culo y que le empujásemos para atrás, como solíamos hacer de niños para comprometer la estabilidad gravitatoria de nuestro adversario.
 
- Toma, ya me tienes harto
 
Cuanto más recibía, más parecía gustarle. Hasta que lo dejamos por incapaz.
 
En eso vino su hermana mayor. Tenía muchos años y parecía adulta, pero no era más que una joven, mayor que nosotros y pero sin edad de casarse ni mucho menos.
 
Su pelo era largo y lacio, su rostro blanco como de masa de pan y tenía una verruga en medio del rostro parecida a una lenteja.
 
Entonces nos quedamos quietos en el sitio y callados como quien no quisiera la cosa y se nos acongojó el estómago y en el cuello podíamos sentir un hilillo de electricidad que nos erguía los pelos de la nuca.
 
- Quién ha sido
- No sé
- Yo no
 
Hasta que se oyó:
 
- Ha sido Segundo
 
Alguien lo dijo, no sé quién, pero no importaba. Solíamos entregarnos sin pudor en el momento del aprieto y tirábamos para adelante como conejos.
 
La partitura de los días nos enseñaba cosas de mayores, y en esa escuela blanda, sabia y rectora, que las cosas tuvieran su curso dramático era algo indefectible, tan natural como mear o levantarse por la mañana o meterse el dedo por la nariz para escarbarse las vacuidades de las fosas nasales o marcar un golazo por toda la escuadra o comer congrio los sábados.
 
La hierba sonaba a tambor y el aire a hierro.
 
- Tú, a ver
- Qué
- Qué
- Que se rechiflaba de nosotros. No para...
 
En eso asomó mi madre por la ventana y se me llenó el pecho de ardor y de bravura. Le dije con voz alta:
 
- Es un auténtico tontolaba. Tontolaba de remate
 
Esperaba de mi madre que se batiera en batalla con la hermana mayor de mi amigo, pero lejos del fragor de la disputa allanó el camino para la deserción general.
 
Me hizo sentir culpable y trazó una consigna de hierro que me perturbó a lo largo de todos los años.
 
Reivindicaba la actitud de la loba y supuestamente le endilgó a su conejo una sarta de zurrupios,  un escapulario de malversaciones y también una letanía de suculentos valores, casi todos ellos en disonancia con lo que todos andábamos aprendiendo con la hierba de tambor y el aire de hierro hasta un poco antes.

 

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