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Los alimentos de la tierra

De la tierra se obtenían lechugas, tomates, pimientos, alubias, garbanzos, escarolas, trigo, cebada, manzanas, peras y otros alimentos. La tierra ponía su espalda reproductora y los hombres, puro instinto, se encargaban de hacer el resto. Le metían la semilla en el momento de máxima fecundidad, y de repente allí empezaba a brotar una vida incierta que se convertiría después de la estación en suculenta verdura adulta. Esos alimentos eran fruto de una relación especial entre el hombre y la naturaleza, tanto es que, uno hasta pudiera decir que las lechugas, las escarolas y los manzanos tuvieran registro de nacimiento y personalidad.

– Tengo unas lechugas…
– Sí, ya las he visto.

El hombre volvía a casa con las manos mojadas y la lechuga gorda ,y la ponía encima de la mesa todavía con restos de tierra. Era una lechuga compleja, más que una lechuga, como un hijo lechugón, un troncho verde y acuoso recuperado de la espalda terrenal que vino al mundo con amor. La lechuga de la tierra del hombre, esa partitura de hojas arrugadas, ese cogollo de afecto, era un patrimonio como otro cualquiera, como la casa, el vehículo de locomoción, una mesa de madera maciza o la ropa. La verdura que se le escapaba a la tierra por encima y que el hombre la cultivaba para llevársela a casa, formaba una comunidad de seres vivos y frescos, una representación con nombres y apellidos de una familia heterogénea pero familia al fin y al cabo, un universo lleno de modélicos padrones de crecimiento.

– Qué cogollo.
– Buenísimo.
– Menos mal que lo regué el sábado.
– Estaba con sed.
– Si me descuido un día más.
– La puta de bastos, qué bonitos están.

El amor de lechuga predestinaba que el universo del hombre fuera equilibrado y las circunstancias que rodeaban el hábitat natural de su vida tuvieran eco en cada recoveco del Pueblo y también en los vacíos que dejaban atrás las manecillas del reloj. La espalda de la tierra era la fortaleza y su amparo, el puerto seguro donde las cosas se mostraban como tales, lejos de la complejidad retórica que parecía mostrar la Ciudad. La retórica era el miedo. El cielo, la tierra y el Hombre, la vida.

El Hombre de pueblo había nacido del suelo, aprendido a subsistir en el suelo y también volvía al suelo para regatearle los placeres de la vida. Los placeres de la tierra eran placeres que venían dados, de partitura, pero que soltaban un jugo tan suculento como aquellos que normalmente los hombres de Ciudad procuraban buscándole las cosquillas a la sucesión de días monótonos y resabiados.

Al final del día, normalmente los fines de semana, a los lomos de la tierra, el hombre le calzaba una parrilla y le ponía costillas de cordero, longanizas o caracoles de cuneta, por poner un ejemplo (los caracoles de cuneta salían de la cuneta cuando llovía. Se les ponían los cuernos erectos y entonces el Hombre los metía en un rastrillo, los dejaba a dieta dos ó tres días para que se limpiasen de impurezas y luego los abrasaba en martirio en una parrilla llena de grumos de sal).

El suelo crepitaba y la tierra obligada se revolvía. El hombre se consolidaba y la sucesión de los días era como tenía que ser, como el traquetreo de los trenes, largo y portentoso, lleno de retos y pruebas, amplio y acongojador, aunque varado en las vías imperturbables y férreas, catalizadoras de las cosas, simples, austeras y apasionantes.