Los pueblos de España pueden encenderse la luz al final del día para que las paredes de sus casas adquieran la tonalidad tierra o piedra que los caracteriza, sus luminarias amarillas alumbran el cobijo y nos recuerdan que en la calle hace frío pero no se está mal, quizá el frescor voluptuoso de febrero, que da los más bellos, límpidos y suculentos días del año engañan un poco, lo más perfecto está en el silencio y las humeantes casas de los pueblecitos de España en febrero cuando encienden sus luces para recuperar el placer del silencio y la dicotomía de la casa y su calle, el frío y el calor, el cobijo y la intemperie, la familia y los perros vagando mientras ladran sin parar.

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